MENU


Mailing

 

 

Ir a:
Presentaciones anteriores
Próximos conciertos

Comentarios de los musicógrafos de la banda,
Laura Campardo y Gustavo Costantini


Viernes 26, 18.30 hs., Estación Constitución

Sábado 27, 17.30 hs., Club Ciudad de Buenos Aires

Domingo 28, 11.00 hs., Bosques de Palermo (Frente al Planetario)

La idea de que la obertura pudiera concentrar la ópera que precede, parece obvia. Sin embargo, el paso entre la conceptualización y su posterior concreción musical, demandó al músico innumerables experiencias previas. Desde la composición de aquellas oberturas que tan sólo proponían amenizar la entrada a la sala de concierto hasta la obertura considerada clásica, se abren dos vías fundamentales: la italiana, con su estructura rápido-lento-rápido,  y la francesa, que contrariamente a la anterior, se inicia en tiempo lento y progresa hacia una fuga rápida. Con estas herramientas, el compositor anticipaba al oyente gran parte del material temático del drama, pero más importante aún, fue la manera en la que paulatinamente se introducen otros procedimientos tendientes a recrear el contenido psicológico de la acción y de los personajes. En este sentido, el aporte de Mozart fue fundamental, ya que desde la obertura, propone llegar a la síntesis dramática. Con el adagio que da comienzo a la obertura de La flauta mágica y el allegro fugado que la continúa, se percibe con claridad que estructuralmente ha recurrido al estilo de la escuela francesa. Si acaso perdura cierta memoria histórica, no puede soslayarse  la particular y original elección del tema de “la prueba” para desarrollar la fuga. Mozart no escribió esta obertura siguiendo una relación literal con el drama sino que indagó en el espíritu de esta obra con la que tan profundamente se sintió identificado.  La atmósfera  fantástica en la que transcurre este siengspiel escrito por Schikaneder, resulta de la antítesis entre el día y la noche como estrato básico de la acción. No sería aventurado afirmar que en la sucesión de episodios que el héroe debe superar para alcanzar su objetivo, la constante yuxtaposición de escenarios y las imágenes oníricas,  Mozart nos aproxima anticipadamente al mundo del romanticismo. Si el pensamiento romántico pudiera ser definido en breves términos, la contradicción sería uno de ellos. Este movimiento originado en Alemania  y que tiene sus raíces en las artes literarias,  convivió musicalmente en un verdadero estado de tensión entre dos posturas francamente adversas: la formalista y la contenidista. Johannes Brahms, partidario de la primera posición, se afirmó en el universo de las grandes estructuras instrumentales. En su defensa, Robert Schumann publicó en 1850 un amplio artículo titulado “Nuevos senderos” en el que considera a Brahms el “salvador” de la música alemana. Su extrema prudencia y autocrítica lo llevaron a publicar la primera sinfonía recién en 1877, cuando tenía 44 años. Entre sus últimas obras se destacan la Obertura Op. 80 que compuso especialmente cuando la Universidad de Breslau le otorgó el título de Doctor Honoris Causa en Filosofía por los méritos alcanzados en su obra musical religiosa. El estilo que domina esta Obertura para el Festival Académico es de carácter esencialmente popular. Fue elaborada a partir de canciones estudiantiles, reservando para el final el famoso canto latino Gaudeamus (alegrémonos). Mientras la obra de Brahms se afirmó en el desarrollo de bases musicales  preexistentes, muchos  de sus contemporáneos sostuvieron la creencia de que la originalidad radical representaba el único camino posible hacia la creación. Wagner eligió este último y se apropió de él,  modificando la tradición dialéctica del pasado en pos de sus ideas. Oper und Drama (1851), es su obra teórica fundamental y el argumento más contundente con el que respaldó su posición de que el drama debía ser el fin y la música sólo un medio de expresión.  Sin embargo, la brecha entre la conceptualización y el ideal, también representó en Wagner un período de 20 años. Rienzi, compuesta en 1837 en base al texto de  Bulwer Lytton El último de los tribunos romanos,  aún mantiene la impronta de las óperas de Spontini y de Meyerbeer. En la obertura apela a los elementos temáticos más importantes de la obra. El nudo principal le construye sobre la Plegaria que Rienzi canta en el quinto acto. El Canto de guerra, marcial y heroico, no sólo sirve de contraste sino que recrea la síntesis argumental que se sostiene en el personaje del gran romano vencedor de los nobles que oprimían a su pueblo.

 

La música acompañó al cine desde su etapa más experimental. Sin embargo, la composición al servicio de la imagen, adquiere una categoría artística promediando el siglo XX, en coincidencia con el fenómeno de comunicación de masas, que demandó del compositor la solución a problemas muy particulares y únicos nacidos de esta nueva estética. En las primeras películas mudas, un pianista o a veces una pequeña orquesta,  ilustraba la acción proyectada en la pantalla. Se usaban obras de Schubert, Beethoven o Mozart adecuando los tiempos de la música a los tiempos de la imagen.  Aquellos verdaderos “clásicos” de la música se clasificaban según los requerimientos de cada escena: suspenso, tragedia, venganza, socorro, misterio, sorpresa, amor…Pero el mayor avance lo hicieron compositores como Milhaud, Honneger y Shostakovich, quienes se interesaron seriamente por la música para el cine. Así, Edward Meisel aportó las partituras para El acorazado Potyomkin de 1925 y Octubre, de 1927, del recordado director Sergei Eisenstein. Con El cantante de jazz, de 1927, llegaría el cine sonoro y la primera banda se sonido importante, donde Al Jolson interpreta la recordada melodía de Mammy, y en Inglaterra, las películas dirigidas por Alfred Hitchcock progresan hacia la música sincronizada con la imagen. El cine inauguraba nuevas posibilidades para estos  músicos que dejaron de ser anónimos cuando los grandes estudios necesitaron de compositores permanentes y especializados para trabajar junto al director en función de la imagen y el guión.

La obra de Federico Fellini es una de las más complejas de la cinematografía universal. Su planteo estético recorre de manera aguda e incisiva a la sociedad contemporánea, cuestionando cada uno de los valores que la sostienen. El mundo de la ópera, revisado en Y la nave va, el de la orquesta, en Ensayo de orquesta,  el de la televisión en Ginger y Fred, el del circo, en Los clowns, o el del cine mismo en Ocho y medio. Muchas veces se ha reducido su poética a la recurrencia de elementos grotescos y oníricos, tomados sin profundidad, y esto marginó a toda su propuesta de crítica de la cultura. Algo similar ha ocurrido con Nino Rota, el compositor musical de su producción cinematográfica, quien en sus recreaciones de la música popular y de las bandas provincianas, fue condenado a participar solamente en la evocación nostálgica.     Su extraordinaria capacidad para reproducir en sonidos las características sicológicas más salientes de los personajes  tiene  una de sus cumbres en La strada, musicalmente identificada con Gelsomina, y en Ocho y medio, para cuyo film elaboró La pasarela del adiós, ambas piezas representan un retrato inmejorable del talento de Nino Rota.

Luego de haber sido desplazada por los géneros populares, la música sinfónica hizo un retorno triunfal en el campo de la música cinematográfica y  John Williams, es sin duda, uno de los responsables de este retorno. Como es habitual en sus partituras, la presencia de sonidos electrónicos es casi nula, dejando lugar a un esplendoroso color orquestal que claramente se percibe en la banda de sonido de E. T (El extraterrestre), uno de los más recordados film de Steven Spielberg.

En los últimos años, Hollywood se dedicó a rescatar varios éxitos del cine de la época de oro, personajes de historieta, héroes de los dibujos animados y viejos programas de televisión. En estas recreaciones no podía faltar la célebre historia de Robin Hood, el joven noble al que se le ha arrebatado  el castillo de su padre y, la hermosa Marian, su prima quien abandona su cómodo sitial aristocrático para sumarse a la lucha de su amado en favor de los humildes. Recientemente, “Robin Hood, Príncipe de los ladrones” es una de las más excitantes versiones de esta popular leyenda. Su música original fue compuesta por Michael Kamen, conocido orquestador que ha trabajado también con músicos de rock. Sus canciones fueron escritas por Brian Adams, nominado al Oscar por este trabajo. El arreglador Paul Lavender reunió en una suite a las melodías más importantes de la banda sonora, las que junto con sus principales canciones, se incluyen en la versión que se escuchará en este concierto.

   Uno de los más recordados films italianos de comienzos de los ´90, rinde tributo al cine y a sus grandes protagonistas en Cinema Paradiso. A manera de autobiografía, Giusseppe Tornatore nos involucra sentimentalmente a través del pasado perdido en su pueblo natal. La actualidad pretende desmoronar aquello que ha sido su infancia, convirtiendo en desolación aquel mágico lugar, y la música de Ennio Morricone, narra esa mirada nostálgica a través de una serie de temas de diverso carácter que van evocando cada uno de sus recuerdos.

 

 
 
 
 
1 1 1