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Comentarios de los musicógrafos de la banda,
Laura Campardo y Gustavo Costantini

 


Ludwig van Beethoven
Obertura Leonora Nro. 3 op. 72

El teatro fue muchas veces una fuente de inspiración y de sustento para los compositores. Por una parte, las sucesivas representaciones garantizaban un ingreso importante; por otra, las diferentes situaciones dramáticas auspiciaban la búsqueda de efectos sonoros y tímbricos inusuales en una obra que respondiese a una estructura o forma tradicional. Algunas de estas obras destinadas al teatro o a la danza, como Las ruinas de Atenas o Las criaturas de Prometeo presentan una audacia y colorido muy poco asociable con la imagen rigurosa y ascética que se tiene de Beethoven.
Las oberturas Leonora -que son cuatro en total- fueron escritas entre 1805 y 1814, para su única ópera completa, Fidelio. Todas ellas son diversas aproximaciones para representar sonoramente una historia que conjuga la opresión social y el amor apasionado.
Las obras maestras de Beethoven se encuentran dispersas entre sus sinfonías, sus sonatas para piano y sus cuartetos de cuerda. Sin la complejidad formal ni los avances armónicos de estos últimos, sus oberturas pueden ofrecer una mirada complementaria y más libre al Beethoven más estudiado y admirado. La obertura Leonora Nro. 3 es una de las más atractivas y suele ser junto con Egmont la más ejecutada por las agrupaciones sinfónicas de todo el mundo.

Franz Liszt
Los preludios

La música de programa fue una tendencia desarrollada sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y que consistía en transponer una obra literaria a una obra sinfónica en la cual los sonidos puramente orquestales serían capaces de contar el argumento procedente de lo verbal. Se denominó música de programa porque, originalmente, estas obras venían acompañadas por una descripción punto a punto de los acontecimientos que se estarían narrando sinfónicamente. El espectador podía seguir el texto como quien va viendo una película de la cual la composición musical sería su banda sonora.
El principal defensor de esta corriente - opuesta a la idea de música absoluta- fue Franz Liszt, quien llevó esta propuesta hacia un extremo a partir de la creación de lo que se denominó poema sinfónico. Forma abierta y libre en su estructura, el poema sinfónico sería en teoría capaz de evocar solamente por los sonidos la historia que se propone contar el texto literario que le sirve de soporte. En el caso de Los preludios, el argumento -basado en un poema de Lamartine- trata de la vida mortal como una serie de preludios de una vida futura desconocida. Los distintos momentos que la conforman -lo que constituiría cada uno de esos imaginarios preludios- representa cada una de las pasiones humanas. Compuesto en 1856, Los preludios es uno de los poemas sinfónicos que sentó las bases de una línea dentro de la música de programa a la que se sumó más tarde el nombre de Richard Strauss -baste recordar Así habló Zarathustra o Muerte y transfiguración- y lateralmente el de Gustav Mahler con obras tales como La canción de la tierra (aunque la presencia de un programa pueda detectarse en muchas de sus sinfonías).

Nicolai Rimsky-Korsakov
Capricho español

Considerado junto a Héctor Berlioz y Maurice Ravel como uno de los maestros del arte de la orquestación, el ruso Nicolai Rimsky-Korsakov fue uno de los responsables del desarrollo de la música eslava del siglo XIX. Maestro de composición desde muy joven, fue el profesor más buscado por sus compatriotas pero también por una gran cantidad de importantes músicos del resto de Europa. A pesar de este perfil académico, sus obras rara vez presentan solemnidad o excesivo formalismo. Por el contrario, se nota claramente el atractivo de la música popular y de la influencia del folklore, que en su época -segunda mitad del siglo XIX- era impulsado por las escuelas nacionales y por la constitución de los nuevos estados.
Prueba de todo es una de sus obras más conocidas, el Capricho español, escrito en 1887, que se basa en una docena de melodías populares españolas y constituye una suerte de fantasía orquestal que intenta recrear imaginariamente el folklore ibérico. Contrastante en carácter con su otra composición sinfónica famosa, Sheherezade, intenso como su Obertura de la gran pascua rusa, el Capricho español puede ser considerado como una de las más alegres y vitales piezas sinfónicas de todos los tiempos.

Ottorino Respighi
Los pinos de Roma

El compositor italiano Ottorino Respighi se suma al espíritu de la música de programa a través de su descriptiva obra Los pinos de Roma, parte de un conjunto de composiciones a las que pertenecen Los pájaros, el Tríptico boticelliano y Vidrieras de iglesia. Alejado del carácter de sus exitosas siete óperas y mucho más lejos del espíritu plácido y formalista de su poco frecuentada música de cámara, Los pinos de Roma es la primera de las tres suites romanas; las otras dos son Las fuentes de Roma y Fiestas romanas. Compuesta en 1924, Los pinos de Roma -al igual que las otras suites- recibe inspiración en diversas fuentes que van ampliamente de la Roma imperial hasta la evocación de los juegos de los niños en la plaza. Pieza insoslayable de la música para orquesta del siglo XX, Los pinos de Roma se acerca al colorido de Rimsky-Korsakov y a la vez a la sutileza de su contemporáneo Maurice Ravel.

 

 
 
 
 
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