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Comentarios de los musicógrafos de la banda,
Laura Campardo y Gustavo Costantini


Centro Asturiano, viernes 7 de mayo, 20.30 horas

George Gershwin (1898 - 1937)
Suite de la ópera Porgy and Bess

   El compositor norteamericano George Gershwin, nació en el neoyorquino barrio de Broklyn en 1898. Desde su juventud se dedicó a musicalizar temas en el estilo de la canción popular con la asistencia literaria de su hermano Ira. Muy pronto, la dupla Gershwin & Gershwin alcanzaría un éxito arrollador entre los cultores del jazz a partir de canciones inolvidables como El hombre que amo, El amor está aquí para quedarse o Pero no para mí.
Atraído desde siempre por el folklore americano, fundamentalmente de procedencia negra, incorporó al repertorio sinfónico algunos de sus rasgos dinámicos y rítmicos más esenciales. Estos elementos inherentes a su estilo, se encuentran ya en la Rapsodia en Blue, de 1924 y el Concierto en Fa Mayor para piano y orquesta compuesto al año siguiente.
La cumbre de su lenguaje musical, y quizá la obra más ambiciosa de su carrera, fue Porgy and Bess. Considerada como la primera ópera genuinamente americana, está inspirada en la novela de Dubose y Dorothy Heyward, cuyo núcleo argumental se sustenta en la cruda problemática social del hombre de color. Profundamente atraído por el tema, Gershwin comienza la elaboración musical de los momentos principales de Porgy and Bess en 1935, pero le comunicaría luego a Heyward, su condición inexpugnable de que su ópera debería ser interpretada únicamente por cantantes negros.
Una vez concluida, y muy a pesar de las autoridades de los teatros norteamericanos, Porgy and Bess se transformó en un verdadero símbolo en pos de la abolición de las barreras étnicas y así, por primera vez, la población de color adquirió el derecho a asistir a las sucesivas representaciones. En términos netamente musicales, esta ópera de Gershwin no escapa al modo tradicional de escritura, donde los diferentes motivos se combinan para acompañar la acción dramática. Sin embargo, lo más notable, radica en el particular tratamiento que da a los temas y ritmos de blues, jazz y negro spiritual, confirmando una vez más, el legítimo acierto de haber alcanzado un estilo de absoluto sincretismo.

John Williams
Tema del film La Lista de Schindler

   Basado sobre la historia real del alemán Oskar Schindler según el libro de Thomas Kenneally “El Arca de Schindler”, el exitoso director norteamericano Steven Spielberg asumió el riesgo de contar una historia sobre el trágico destino del pueblo judío desde la perspectiva del enemigo. La credibilidad del realizador respecto de narraciones “serias” - alejadas de sus films de efectos especiales y relato fantástico - estaba en juego desde “El Color Púrpura”, película que si bien había tenido buenas críticas, no obtuvo ningún Oscar a pesar de sus doce nominaciones, ironía que demostraba que la Academia de Hollywood le reconocía las buenas intenciones pero no creía en su “conversión”. Con “La Lista de Schindler”, Spielberg logró acallar toda crítica y no sólo conquistar el favor del público sino llevarse la mayoría de los premios Oscar correspondientes al año de su estreno.
Asociado siempre a la figura de este notable realizador, el músico John Williams, es uno de los más importantes artífices del retorno del sinfonismo a las bandas de sonido luego de que éstas recibieran a las manifestaciones de la música popular y los sintetizadores. En la partitura para “La Lista de Schindler”, sin embargo, descartó los grandes gestos orquestales que lo caracterizan, inclinándose por un estilo más intimista, donde el piano -a cargo de André Previn- y el violín -de Itzhak Perlman- tienen, en la versión original, el rol protagónico de la interpretación. La recurrencia a temas tradicionales hebreos le da cierto sabor arcaizante y un aire de nostalgia que consigue estar a la altura de la profunda conmoción que producen las imágenes y los sucesos narrados en el film.

Cake-walk phantasy
Meter Milray

   Cake-walk es el nombre de una popular danza norteamericana de la segunda mitad del siglo XIX, junto con el Quickstep, la Scottisch, el Rag y la Quadrille, entre otras. Su estructura rítmica está estrechamente relacionada con el Ragtime y ciertas vertientes del jazz tradicional. Su popularidad alcanzó también a compositores académicos como Claude Debussy, quien escribió el Cake-walk de Golligog y Le petit negre (el negrito).
El compositor holandés Meter Milray tomó esta danza como base para su Cake-walk phantasy, donde juega con la estructura de la misma y con un dato peculiar: en holanda se designa como Cake-walk a un famoso parque de diversiones y en particular a la “vuelta al mundo”, entretenimiento que sirve a Milray para evocar la búsqueda del equilibrio rítmico constantemente trastocado por nuevos y sucesivos cambios en el compás. Esta obra se estrenó en 1983 durante el Festival de bandas de viento en Droten, Holanda, y posteriormente fue adaptada para banda sinfónica por Johan de Meij.

Astor Piazzolla
Tango I
Libertango

   La trayectoria del compositor argentino Astor Piazzolla, dentro de la música popular como en su tránsito por las expresiones más academicistas, es llamativa pero de ningún modo inédita. Nacido en la ciudad de Mar del Plata en 1921, se trasladó luego a Nueva York, donde vivió junto a su familia entre 1924 y 1937. Participó curiosamente de la filmación de El día que me quieras junto a Carlos Gardel, y de regreso a Buenos Aires integró la orquesta del recordado Aníbal Troilo. Pero más allá de su talento interpretativo, Astor Piazzolla emerge en la década de 1950 como uno de los compositores con mayor originalidad creativa, estilo que él mismo denominó como música ciudadana. Quizás, su mérito radique en la nueva perspectiva que dio a la música popular; Piazzolla, como pocos, supo capturar el presente de una ciudad renovada, transfiriendo a su obra la experiencia de un lenguaje enriquecido por las vanguardias y se pronunció a través de piezas transformadoras, las que luego se consagrarían como verdaderos clásicos.
A sus felices incursiones en el terreno sinfónico pertenecen sus series de tangos, en este caso los Tangos I y III, los que exponen claramente el estilo intermedio con el que se expresa mediante recursos que toma de su hábil manejo de la orquesta y las formas desarrolladas, pero sin apartase del color popular.
A comienzos de la década del ’70, el marplatense Astor Piazzolla era ya una figura definitivamente consagrada. Acaso las polémicas que él mismo alimentaba, contribuyeron a poner su nombre en boca de todos los interesados en la música popular y, a pesar de ser rechazado por muchos, su fama siempre crecía. Ya había acompañado a Aníbal Troilo en su orquesta, ya había escrito sus inolvidables Balada para un loco y Adiós Nonino, ya había grabado su ambiciosa operita María de Buenos Aires, y ya le había dado sentido a la expresión “música ciudadana” con el que trataba de explicar “de qué trataban sus composiciones”.
Cuando escribe Libertango, Piazzolla es un artista de renombre internacional y cada uno de sus discos es esperado con gran expectación. Este emblemático tema de la música de Buenos Aires conoció diversas versiones a partir de 1973 con el registro realizado en Francia con músicos italianos, la de 1975 con su orquesta, la de 1977 en el Olympia de París y la que sería su último registro de Libertango, con el quinteto en Viena, en 1984.
Junto con Oblivion, la música de El exilio de Gardel y Años de Soledad, Libertango fue uno de los más importantes éxitos de una de sus últimas etapas creativas, conociendo incluso, versiones cantadas por intérpretes provenientes del pop, como Grace Jones, cuya popularidad se multiplicaría al formar parte de la banda de sonido de Búsqueda frenética, del director Roman Polanski.


Ernesto Lecuona (1896-1964)
Malagueña

   El pianista y compositor cubano Ernesto Lecuona, fue una de las figuras más relevantes de la cultura de su país.
De su carrera como intérprete, sobresalen sus conciertos en Europa y Estados Unidos, entre los que se recuerda como “memorable” el que ofreciera en 1943 en el Carnegie Hall, dedicado en su totalidad a compositores cubanos. Sus programas incluían además, notables versiones de Debussy, Grieg, Schumann, Liszt, Chopin, Albéniz y Manuel De Falla, evidenciando un dominio técnico y una musicalidad poco frecuente en su tiempo.
Desde su juventud se dedicó además a la composición, destinando sus primeras obras al teatro musical (a los trece años estrenaba en el Teatro Martí de La Habana un grupo de piezas escénicas breves) pero fundamentalmente al piano ( donde cabe mencionar sus Seis danzas cubanas de 1909, y Momento musical y la Suite Cubana , ambas de 1916 ).
Su primera gira internacional lo llevó en 1916 a Nueva York, para cumplir con un contrato de cuatro semanas que a causa del entusiasmo del público, debió extenderse a diez. En esta ciudad estrenó con gran éxito varias canciones populares estilizadas y una serie de piezas breves que también abordaban el estilo popular como el vals España, las danzas Los Minstrels y Malagueña. Esta última conquistaría luego el público de España, en 1925; París, en 1928; Costa Rica y Panamá, en 1929; México, en 1931; y Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo, en 1935. Lecuona realizó innumerables versiones de la citada melodía que escribió primero para piano y posteriormente incluyó el texto poético tan conocido en su versión cantada. Pero suele recordarse en particular un arreglo especialmente curioso, que el compositor preparó para una presentación en La Habana en 1935, donde adaptó su Malagueña para ocho pianos y orquesta.

Jerónimo Giménez
La boda de Luis Alonso
(intermedio de zarzuela)

   La obra del compositor y director sevillano Jerónimo Giménez (1854-1923) se concentra principalmente en el género de la zarzuela, sobre todo el de la variante conocida como “género chico” o zarzuela en un sólo acto. Musicalmente formado primero bajo la tutela de su padre, logró a muy temprana edad integrarse a la orquesta del Teatro Principal de Sevilla como primer violinista. En 1885 consigue llegar a Madrid como director del Teatro Apolo, uno de los escenarios musicales de mayor prestigio; también en aquella ciudad asistió al estreno español de Carmen, de George Bizet. El movimiento musical madrileño estimuló su inquieta personalidad como director promoviendo, a través de la Sociedad de Conciertos de Madrid una serie de presentaciones con obras de colegas alemanes, franceses y rusos, situación que le dio le permitiría conocer con mayor profundidad los estilos orquestales de estas escuelas.
Si bien en sus trabajos como compositor hay una notable destreza en el manejo de la dinámica de la escena, han sido los fragmentos instrumentales de sus obras los que le han dado fama internacional. Las selecciones pertenecientes a De vuelta del vivero (1895), El baile de Luis Alonso (1896), La boda de Luis Alonso (1897) y La tempranica (1900), forman hoy parte del repertorio obligado de las orquestas más salientes , al tiempo que revelan el talento de Giménez para conjugar los giros folclóricos españoles con el sonido de las grandes agrupaciones sinfónicas.

 

 

 
 
 
 
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